A simple vista parecía el típico supermercado pequeño de gasolinera. Un edificio tosco, blanco gastado, feo a morir. A saber el tiempo que llevaba ahí abandonado, en medio de la nada. Corría el rumor que unos chiquillos lo habían incendiado hacía años jugando con cócteles molotov caseros, pero poco importaba. Nadie prestaba demasiada atención a esa casa destartalada.
Sin embargo, como todas las cosas, guardaba secretos. En este caso se remontaban al albor de los tiempos y aún más allá. En ciertos momentos en que ciertas energías confluían de cierta forma específica, ese cuchitril insípido se convertía en un cónclave de espíritus.
Había dos plantas para esa reunión. Si, ya sé que parece imposible, pero la física no funciona igual ahí dentro. En la de abajo, grupos de hombres harapientos, mendigos andrajosos, andaban sin ton ni son, chocando entre ellos, en una especie de danza descoordinada. Se les escuchaba susurrar murmullos ininteligibles, rechinando y maldiciéndose entre ellos. Con ceños fruncidos, irritados, y es que estaban esperando su turno para subir a la planta de arriba, y podía pasar muchísimo tiempo.
En la planta superior, cortinas rojas cubrían las paredes. Había un ambiente sórdido, de sudor y toallas empapadas. Ahí se celebraba un festival bourlesque eterno, con mucho cuero, bailes grotescos, enanos y carcajadas ebrias. Una vorágine de lujuria que a veces culminaba con algún que otro miembro incinerado, o algunos ojos arrancados de cuajo. Pero los cuerpos que adoptaban los anfitriones de semejante fiesta eran temporales, y todo formaba parte del juego.
Los dioses elegían los lugares más raros para montarse sus raves.