La textura de su paladar era la de un estropajo seco. Su lengua era un trozo de cuero, una corbata que alguien había anudado en su garganta. Sin embargo eso no le molestaba demasiado, los calambres que recorrían su cuerpo y le hacían andar como si tuviese el Baile del San Vito eran suficientes para mantener su mente ocupada. La sed era demencial.
Llevaba días en ese desierto. Era el único que había conseguido escapar de la emboscada a la precaria furgoneta que se suponía debía cruzar la frontera. Aun no tenía claro si habían sido agentes de inmigración o delincuentes, pero poco importaba. No le quedó otra que echarse al desierto y rezar que la distancia hasta la tierra prometida no fuese insalvable.
Por supuesto, había calculado de forma pésima. Después de tantos días andando, había recorrido por lo menos más de cien kilómetros, y ni rastro de civilización. Lagartijas y escorpiones su único sustento, no eran suficiente para aplacar la sed que le atenazaba, y que era evidente iba a acabar con él.
A lo lejos, unas montañas. Detrás, un país libre, lejos de la miseria de la que se veía obligado a huir. Lloraría de rabia si quedase algo de líquido en su cuerpo para formar lágrimas. Presentía que se encontraba cerca de su meta, y no iba a poder llegar.
Y de pronto, se abrieron las nubes en el horizonte. Una luz celestial brotó entre ellas. ¿Una señal? ¿Ímpetu divino que le animaba a continuar? ¿O quizá los emisarios del Señor venían a llevárselo? ¿Simple coincidencia meteorológica?
Su primera reacción fue rabiar ante semejante burla del destino, pero la onda de enojo paso rápido. Al final, sólo resignación.