9/23/2018

Postrado en la cama sin nada mejor que hacer, excepto procrastinar. Con la energía necesaria y justa para compadecerse, pero sin la motivación para levantarse. Hacía calor. Te duchabas y al rato estabas sudando de nuevo. No era el día hoy de meterse en berenjenales ni hacer esfuerzo físico. La semana empezaba de nuevo mañana, y era una oportunidad para renovarse. Como el lunes pasado, y el anterior.

Siempre podía mirar por la ventana.

No tenía la mejor vista pero era suficiente. Normalmente se veía la Luna desde que salía al atardecer hasta bien entrada la madrugada. Le gustaba mirarla y pedirle deseos como si de una deidad se tratase. Muchas veces se encontraba cerrando los ojos tan intensamente que le dolían las pestanas, murmurándole suplicas, apretando los dientes tan fuerte que los le rechinaban como metal rascando cerámica. Actuando como si ese esfuerzo en vano supliese el esfuerzo real que se negaba a realizar.

Siempre podía mirar por la ventana.

Daba a una calle concurrida. Eso le permitía ver a la gente pasar, y pasaba horas imaginando historias sobre los inocentes transeúntes. Ese señor que andaba con prisa llegaba tarde a una cita en la que habían dejado plantado, y aun no lo sabía. Esa mujer paseando su carrito con su bebe era infeliz porque su marido era un borracho. No tenía ni idea, por supuesto, pero se regocijaba en esas historias imaginarias para correr un velo sobre su propia historia.

Siempre podía mirar por la ventana.

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