Por fin lo había conseguido. Le había costado varias décadas de ahorro, e hipotecar varias de las siguientes, pero por fin tenía el coche de sus sueños.
Hecho a su medida, no existía nada igual en el planeta. Cromado en color beige caucásico, superaba en elegancia al Aston Martin DB5. Su motor experimental de siete tiempos le permitía alcanzar una velocidad supersónica que ríete tú del Delorean. Si el tráfico estaba sobrecargado o necesitaba acelerar súbitamente, portaba muelles más altos que un Lowrider y nitros diseñados para aviones del ejército. Tenía más gadjets que el Batmóvil. Contaba además con un computador a bordo que le permitía manejar de forma autónoma, una inteligencia artificial que superaba al mismísimo KITT. Por si no fuera poco, el formidable equipo de música incorporado le dotaba de una simpatía propia de Lightning McQueen.
Todo eso rematado con una insignia frontal de su propio diseño, su guinda en el pastel personal. Todo era una maravilla, si no fuese por los extraños ruidos que escuchaba en su garaje por las noches. Como si varias criaturas de ultratumba vagasen desconcertadas chocando con sus herramientas, recién salidas de las entrañas de un Buick 8 interdimensional. ¿O acaso el coche era en realidad un robot con vida propia como Optimus Prime? Algo le decía que en el fondo era algo mucho más siniestro, y que un espíritu enfurecido poseía a su querido coche, como Christine.
Fuese lo que fuese, se sentía como Roger Rabbit conduciendo a Benny por Towntoon, y eso nadie iba a quitárselo.