Las vistas de la bahía eran reconfortantes. Mañana tenía que volver a echarse al mar, pero esta noche estaba con una copa de vino – cosecha de 1982, de las mejores – y un cigarro importado de Cuba en unos de los porches del puerto, y eso parecía muy lejano.
El denso humo fluía por su garganta y llenaba sus pulmones con sabores cálidos y barrocos, de pies descalzos caminando entre arena fina y madera mojada. Regaba esas sensaciones con largos tragos del caldo lapislázuli, causando olas que rompían en la orilla de su paladar con alaridos, para retirarse por su lengua entre susurros. Si uno se paraba a escuchar el tiempo suficiente, era posible descifrar lo que decían, normalmente secretos de marineros que el mar había asimilado. Lugares inhóspitos con tesoros escondidos, bastardos en puertos remotos, lo típico.
La brisa portaba aroma de sal y tormenta. No era buen augurio, pero ya era un veterano, y se había acostumbrado a no preocuparse. Había aprendido con los años que era inútil intentar domar al océano. No existía autoridad que le impidiese coger lo que desease, y por consiguiente era mejor abandonarse a su voluntad, con veneración y respeto.
El cigarro era ya una columna de ceniza. La botella de vino reflejaba las luces de la bahía. Miró el reloj, si se acostaba ahora descansaría cinco horas. Podía quedarse un rato más, a disfrutar de la brisa.