5/13/2018

“Hasta en los callejones más oscuros, siempre hay una luz.”

Le venía a la memoria esa frase, perdido entre callejuelas sombrías y solitarias en esa ciudad desconocida. Sólo le reconfortaba un poco, no lo suficiente. No se acordaba de quién la había oído, y tampoco importaba.

Siempre le había dado miedo la oscuridad. Ya de niño, se iba a dormir acurrucado y temeroso del monstruo de muchos ojos que vivía debajo de su cama. Incluso de adolescente era incapaz de dormir en un cuarto con un armario abierto, o con espejos, siempre alerta por lo que pudieran mostrar cuando caían las sombras. Uno de los peores momentos de su vida fue cuando en el instituto, un grupo de chavales mayores le pillaron por el pasillo y le encerraron en una de las taquillas de los estudiantes. Metido a la fuerza en ese hueco estrecho y negro, no podía parar de pensar que estaba en un ataúd y le estaban enterrando vivo. No pasaron más de cinco minutos hasta que alguien oyó sus golpes y pataleos, pero le pareció una eternidad.

En la tesitura que se encontraba, era peor todavía. Era un gato eso que había cruzado unos metros más adelante… u otra cosa? Estaba seguro de haber visto movimiento detrás de ese contenedor. Intentaría pasar lo más lejos posible, pero lo que fuese iba a saltarle encima igualmente y no le iba a dar tiempo de reaccionar. Con suerte solo sería un atracador o un asesino. Sentía el sudor frío en la nuca, apretó los puños y empezó a andar más rápido. Finalmente no era nada, pero era cuestión de tiempo que sus premoniciones se hiciesen realidad.

Por suerte, a lo lejos vio la luz de una farola.

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