Recordaba saberse a dedillo cada una de las estanterías que conformaban los pasillos de su videoclub. Miles de cintas de video pulcramente ordenadas por género y orden alfabético, había memorizado la ubicación exacta de cada película. A veces pasaba varias horas al cerrar la tienda ordenando pequeños desatinos que habían causado los clientes, tenía por costumbre abrir siempre con el videoclub impoluto y pulcro.
Aun así, inevitablemente un olor a cerrado, como a serrín rancio, merodeaba siempre por el local. No era de extrañar, dado que una gran parte de su clientela eran adolescentes hormonados y señores solitarios y descuidados, que indudablemente se dirigían hacia la sección de adultos. Le hacía gracia como la mayoría ojeaba primero una sección al azar del videoclub, comedia, horror o lo que fuese, y luego se dirigían casualmente hacia la parte apartada del local. Como si esa decisión fuese algo repentino y de paso, en vez de estar premeditada cuando entraban. Sonreía, y tomaba regocijo en esos pequeños momentos de diversión que le alegraban la jornada.
Le gustaba entretenerse arreglando cintas antiguas, y jactarse después de tener auténticas joyas en su colección. Era un maestro del ensamblaje de la cinta VHS, tenía incluso un pequeño cuarto de revelado en la parte de atrás para reparar los negativos. Cuántas horas había pasado rebobinando con un bolígrafo las cintas de video que los clientes olvidaban de volver al principio.
Todo eso fue hace mucho tiempo. Ahora era solo un fantasma, en un edificio medio derruido y abandonado.