3/25/2018

Cuando por fin llegó a la cima, quedó boquiabierto.

Nada le había preparado para semejante vista. Una belleza abrumadora se postraba ante él. Veía todo el valle desde ahí. Ambas faldas de las montañas, llenas de pinos, robles y arces, perfectas como las mejillas de un titán virginal llamado Gaia. Un río fluía lánguido dividiendo las laderas, como si ese gigante natural llorase manantiales. Imaginaba toda la vida que brotaba debajo de las copas de los árboles, dentro del arroyo, y le entraban ganas de llorar de alegría.

Rió con júbilo. Pensó que nada le gustaría más que poder fundirse en uno con la naturaleza, convertirse en otro actor más en este precioso paisaje. Ser parte de él por siempre jamás. Aún boquiabierto, imaginó qué bonito seria pasar sus días rodeado de esta majestuosa tranquilidad, alejado del ruido mundano de la rutina.

Notaba las lágrimas deslizarse por sus mejillas. Dos riachuelos abriéndose paso por su piel, fría y suave caricia. Había perdido la noción del tiempo, embobado como estaba con las vistas. Tenía todas sus extremidades entumecidas. Intentó sacudirse brevemente, pero no podía moverse. Era como si el tiempo se hubiese detenido. Fue consciente que aún tenía la boca abierta, pero fue incapaz de cerrarla de nuevo. Al poco rato, dejó de notar también sus propias lágrimas en sus mejillas, duras y ásperas como corteza.

Su sueño se cumplió. Era un árbol.

Leave a comment