Quedaban menos de dos horas para lo que podía ser su último amanecer. Agazapado entre la maleza a las orillas de ese río de nombre impronunciable, pensó en Dios. Nunca había sido creyente, pero mandaría al Diablo a cualquiera que osases echarle en cara este momento de religiosidad; si a cuatro mil kilómetros de su casa, empapado, friolento, abrazado a un viejo fusil, y esperando para emboscar un convoy de gente que, en el fondo, nunca le había hecho nada, no podía permitirse un momento de fe, estaba apañado.
La instrucción y los días en el cuartel habían sido tranquilos, pero ahora que estaba a punto de entrar en combate, pensaba qué carajo estaba haciendo él ahí. Quién le mandaba alistarse, si a él no se le había perdido nada en la otra punta del mundo. Cuando lo pensaba fríamente, tampoco tenía nada en contra de la gente que se suponía debía matar. Seguro, les habían enseñado mil videos de los atentados y salían en las noticias con esas poses amenazantes y gritando mucho. Pero también había visto esos documentales de los actores, y hoy en día todo era tan falso que ya no sabía ni qué pensar.
Bien podía ser que él fuese solo una pieza de Lego más en un engranaje inmenso y macabro. Una máquina de matar literal, una economía diseñada para enviar carne de cañón a países lejanos, a gastar el acero y el metal que fabrican y a destruir lo que luego van a reconstruir, por un módico precio.
La luna estaba llena en lo que podía ser su última noche, y esos pensamientos le daban más miedo aun de lo que estaba por llegar. Así que mejor, pensó en Dios.