Es muy fácil perdérsela. Está en una pequeña carretera comarcal, al lado de una hacienda derruida. Unas gradas de rocas están siempre pulcramente colocadas alrededor, nadie sabe quién las mantiene tan cuidadas, nunca se ha visto a nadie. Allí, en medio de la nada. Un monumento, un altar para el curioso o el afortunado espontáneo.
Yo no soy creyente, ni religioso ni nada. Pero no puedo negarte que esa estampa tiene algo de místico, de mágico. Llueva o truene, siempre está igual. Mi abuela, en paz descanse, ya contaba historias de cómo, de pequeña, ella y los chiquillos del barrio corrían por sus alrededores. Aun así, la pintura siempre está fresca, ni un rasguño, ni una mísera astilla se desprende de la madera que le hace soporte.
La Señora del Tigre la llaman. Nadie conoce ningún santo que la corteje, y ninguna casa se acoge a su virtud. Su origen es un misterio. Si alguna vez tuvo devotos, han desaparecido hace mucho tiempo. Sin embargo, su estado se mantiene pulcro y álgido, sin duda refleja la fortaleza que poseyó en vida.
Siempre que puedo, cojo esa carretera para volver al pueblo, en vez de la principal. Me desvío algo más de media hora, pero vale la pena. A pesar de lo sinuoso del trazado y del mal estado de la calzada, nunca hay accidentes por allí. Y así puedo ir a verla de vez en cuando y dejar que me abrace su mirada. Ese símbolo desconocido, homenaje a la virtud que no necesita reconocimiento.