Parecía que la mochila cada vez le pesaba más. Era como si la cantimplora que colgaba de su cinto siguiese llena, ojalá eso fuese así. Desde luego, pesaba como si lo estuviera. Oía el tintineo de los mosquetones como campanillas, y le ponían cada vez más nervioso. Notaba las botas incómodas, sus pies pesados como bolas de hierro, y sudados. Todo a su alrededor le sonaba… ¿acaso no habían pasado ya por aquí? La forma de esos árboles le era muy familiar. Posiblemente se habían perdido… No, era seguro que se habían perdido. Se detuvo en seco y se dejó caer al suelo, sentándose con gran estrépito.
– ¡Abandono! Paso de seguir andando en círculos. Estamos haciendo el imbécil. Acampemos aquí y recemos para que mañana tengamos cobertura, o pase algún ranger y nos encuentre, o algo.
– ¿Tú estás loco? Por esta zona hay osos, y lobos. Te acojonarías al primer ruido, no quiero tener que cargar con el muerto cuando entres en pánico y salgas corriendo. Hay que llegar al camping, no podemos estar muy lejos.
– Dijiste lo mismo dos horas antes. No tenemos agua, ni luz apenas, y yo tengo las fuerzas justas para mandarte a la mierda y decirte que no me pienso mover de aquí. Por la mañana veremos mejor y nos orientaremos.
Sabía que no le gustaba la idea, pero siempre acababa accediendo, aunque a regañadientes. Seguramente no le quedaban energías para discutir. Montaron la tienda y se metieron en los sacos, les dio el tiempo justo para no quedarse completamente a oscuras cuando acabaron.
Y entonces empezaron los aullidos.