1/21/2018

Habían quedado por la noche, cuando todo estaba más tranquilo. Estaba un poco nervioso, pero tenía muchas ganas. Ese payaso se había atrevido a desafiarle, y no iba a permitirle salirse con la suya. No podía echarse atrás. Todos en la zona sabían que él era el más rápido. Desde que debutó en las carreras, aún no había perdido, y más importante aún, después de casi cuarenta noches corriendo, aún estaba vivo.

Se cruzaron frente a la línea de salida. Se miraron a los ojos con odio. Se oían los vítores y cánticos de ánimo desde el pequeño muro que hacia la función de improvisada grada. Arrancaron.

Aceleró sin pensar. Rápido, rápido, rápido. Tomó la primera curva súper cerrada, apenas mantuvo el equilibrio. Por el rabillo del ojo veía a su contrincante, le sacaba un par de cuerpos de ventaja. Otra curva, se la sabía de memoria. Ahora venía una recta donde aprovechó para pisar a fondo, y finalmente una curva a la izquierda y otra a la derecha…

¡Una rama bloqueaba el camino! Salió tan rápido de la curva y la había cogido tan cerrada que no le dio tiempo a reaccionar. Tuvo que frenar para no chocarse, y se le heló el corazón cuando vio a su contrincante adelantarle sin remedio. La recta final estaba después, todo estaba perdido.

Pero fue entonces cuando uno de esos humanos pasó por encima y pisó al aspirante justo antes de la línea de meta, para seguir caminando indiferente. Ahora un poco más cauto, sin prisa, pasó al lado del amasijo de carne y cáscara en el que se había convertido su contrincante, y cruzó la meta, reclamando su victoria.

Se metió de nuevo en su concha. Sonrió, otra carrera sobreviviendo y ganando.

Leave a comment