12/31/2017

Entraste en mi vida como si me atropellase un tren.

Muy probablemente vi la señal, pero elegí ignorarla. Sabía que el golpe iba a ser de campeonato, y que todo iba a ser diferente después de eso, pero me daba igual. No hay señal que detenga al lunático o al desesperado.

Si, la señal estaba ahí, ¿pero de qué sirven advertencias cuando los oídos que las reciben están sordos y los ojos que las ven son ciegos? A veces la mente está tan obnubilada que no procesa la información. Incluso el más sediento beberá el veneno sin titubear si se le deja sin agua el tiempo suficiente.

Estaba claro, no hay excusas. El probable impacto estaba señalizado correctamente. No hacían falta neones o luces titilantes. Crucé sabiendo las consecuencias. Pero no me arrepiento. La carretera hasta el momento había sido recta y monótona, y estaba claro a esas alturas que no iba a encontrar curvas.

Ignoré la señal, me lancé a tus brazos, y fue como si un tren de mercancías me arrollase.

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