Siempre le habían fascinado los callejones. Lo habitual en los turistas era transitar siempre las calles más conocidas y emblemáticas de la ciudad. La Gran Vía, las Ramblas, Wall Street, El Paseo de la Fama. Todas ellas con su iluminada fachada y sus aglomeradas aceras. Vendiendo una imagen bonita y prístina de la ciudad que deseamos ver.
Pero la vida real de las ciudades se vive en los callejones. Igual que las monedas, o las personas, las ciudades también tienen dos caras. Del mismo modo que los contratos más valiosos se firman en los clubes más turbios, la verdadera historia de las ciudades nace y muere en los suburbios. Todo lo demás es falso, artificial. Lejos de la vida insípida y prefabricada que ofrecen los grandes escaparates con sus poses perfectas, es en el caos y la anarquía de la parte de atrás donde se evidencia la verdadera naturaleza humana.
Y es cierto que en ese sentido, todas las ciudades se parecen. Mendigos rebuscando en la basura, coches sirviendo de viviendas improvisadas. Palizas por tiros de pipas de crack. Garajes reconvertidos en talleres furtivos, atracos y violaciones en esquinas meadas.
Pero sería mentira obviar que son estas historias las que más atrapan la atención. El morbo y la crudeza siempre vencen a la apariencia hipócrita que la sociedad quiere vendernos. Solo unos pocos se atreven a transgredir las convenciones, y desafiar el orden establecido con declaraciones frías, racionales, carentes de empatía pero llenas de vitalidad. Son los auténticos hombres libres. Para el resto, es una verdad oculta. Algo vergonzoso, pecaminoso, que hay que empeñarse en ocultar. Pero que siempre está presente, oteando, como una espada de Damocles salvaje.