Desde luego no se esperaba que le diese semejante subidón.
Se sentía como flotando en la estratosfera. Era un guardia urbano celestial dirigiendo el tráfico entre las nubes, evitando que avionetas, globos aerostáticos, zepelines y pájaros chocaran entre ellos. No sólo eso, también había ballenas y delfines voladores. Al principio pensó que eran las alas de los aviones que tenían esa forma, pero no, su vista no le decepcionaba. Eran reales como las nubes blancas a sus pies, caminaba entre ellas como piojos en las barbas de Papa Noel. En un momento dado, se dio cuenta que también eran algodón de azúcar, y se agachó con la boca agua para probarlas. Pero se le durmió la lengua cuando las cató. Había dos posibilidades, una de ellas era que las nubes realmente estuviesen echas de la misma mierda que se había metido y le había dejado en ese estado de alturas ilusorias, eso explicaría su adormecimiento gingival. Sin embargo, la otra opción se le antojaba más realista, y es que las nubes estaban adulteradas con químicos que salían de las estelas de los aviones, y eso hacía que tuviesen ese sabor raro. De un modo u otro daba igual, porque ahora le apetecía ponerse a nadar en ese océano de nubes que se extendía hacia el horizonte, ser el Michael Phelps de los cielos. Se sumergió de cabeza en su blanda blancura, y empezó a caer… de repente se dio cuenta que la gravedad existía. Asustado, sin paracaídas, empezó a gritar, y le dio a tiempo a vislumbrar partes de su vida pasando delante de sus ojos. Pero no mucho. Un guantazo que podía haber sido de la mismísima mano de Dios le devolvió a la realidad.
Vaya subidón, colega.
So high I can kiss the sky.