9/24/2017

Mañana por fin bajaba la marea, y podría ir a su escondrijo. Lo estaba deseando, cuando por fin la orilla del mar huía hacia el horizonte, se hacía posible visitar su pequeña cueva en la playa. Recordaba con cariño aquel día que jugaba a buscar cangrejos, entre unas rocas en la parte más alejada de la cala de su pueblo, y que encontró casualmente ese angosto recoveco.

Nadie más sabía de su existencia, era su santuario personal. Un agujero tosco y húmedo donde el olor a brisa marina y sal fresca te envolvía como si fuesen las sabanas de Poseidón. Poco más de un metro de ancho y largo, lo suficiente para albergar su pequeño cuerpecito, y pesadilla asegurada de claustrofóbicos que se viesen ahí dentro por cualquier razón.

Al principio solo lo usaba para escaparse de su rutina. Un lugar tranquilo y acogedor, suyo, donde refugiarse del ruido de lo mundano, y perderse en sus propios pensamientos. Con el tiempo, fue trayendo objetos y pequeños amuletos, para decorarlo. Rocas de formas y colores extraños que encontraba en sus paseos por la playa. Lápices de colores que había usado previamente en la escuela para algún trabajo que le había gustado especialmente. Pulseras de gominolas que cuidaba como si fuesen joyas de verdad. Huelga decir que más de la mitad de esos objetos desaparecían cada ciclo de subida y bajada de marea, pero a él no le importaba. Le gustaba pensar que se escapaban a otra realidad, a formar parte de otro refugio secreto, como el suyo.

Porque todo el mundo tenía un refugio parecido, verdad?

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