Había visto lo que había detrás de la niebla, y ya nada importaba. Para la mayoría de la gente había enloquecido, pero algunos, aquellos que hablan solos o que escuchan voces, sabían que en el fondo estaba más cuerdo que el resto.
Fue una experiencia onírica. Cruzó el umbral que separa nuestro mundo del resto de mundos, y se quedó un tiempo en la interfase entre dimensiones. Pero las cosas que habitan ese eco vacío no descansan, vigilan eternamente. La mente humana no está preparada para entender la mera presencia de esos entes guardianes de la realidad. Envuelto en ese infinito cósmico, el tiempo era un témpano de hielo que nunca acababa de gotear, y el espacio una correa de lija que le raspaba todo el cuerpo. Antes de que los seres interdimensionales destriparan su psique, tuvo tiempo de vislumbrar lo que esperaba agazapado entre la nada y el todo, esperando su momento para penetrar nuestro mundo. Y a pesar de que sólo lo vio por un simple instante, fue suficiente para desear no haber existido nunca, y la chispa de la verdadera comprensión le azotó con un chasquido.
Nada importaba. Cogió su coche, que casualmente era gris, y emprendió el trayecto en ese atardecer nublado y lluvioso, rumbo a ninguna parte. Por fin comprendía que algún día, el mundo estallaría con su llegada. Todos los libros escritos, todas las canciones compuestas, las fotos, las estatuas, todo borrado de la faz de la tierra. Nadie para recordarlo. Qué importaba, pues? Cualquier esfuerzo era fútil, pues incluso la torre más colosal o el acto más heroico acabaría engullido por el cosmos infinito. Pero él no iba a esperar. Iba de vuelta a la niebla, a la nada.