8/27/2017

Con un chasquido, se enciende la batería. El autómata se levanta de su nicho de hierro y toma su posición habitual. Encorvado sobre una cinta automática en una cadena de producción. Una a una, pasan delante suya las partes metálicas que tiene que ensamblar. Un zumbido agudo, y esa tuerca está fijada. Un golpe seco, y esa curva queda lisa. Un chirrido, y esas dos piezas ahora son una.

Así pasan los días en La Fábrica. Miles de autómatas empecinados en sus naves, esperando el inicio del jornal para ser activados y empezar a producir. Ni siquiera saben qué están construyendo. Las piezas de metal son como un puzzle para niños, un Lego muy simple que no da lugar a equivocación ni improvisaciones en su ensamblaje. Sin embargo no importa, el autómata no cuestiona su propósito, ni siquiera se pregunta en qué está invirtiendo su tiempo. No tiene ambiciones ni visiones, solo es un trozo de hierro más que, irónicamente, se dedica a moldear y montar a otros parecidos a él.

Pero eso es solo hasta que llega El Tren. Lo que sea que están haciendo en La Fábrica, llega un día que aparece una enorme locomotora y lo carga todo en unas cajas gigantes. Y acto seguido, se va, a repartir lo que sea que están produciendo, a quien sea quien pueda interesarle.

Y es solo en ese momento en que a los autómatas se les permite soñar. En el breve espacio de tiempo que El Tren carga con la mercancía, los autómatas se asoman a las ventanas de la nave y miran a la locomotora. A pesar de la simpleza de sus circuitos, saben que simboliza la certeza que hay algo más allá de su vida en La Fábrica y su rutina gris y metálica.

Con un pitido, la El Tren parte hacia lo desconocido. Suena la alarma, y los autómatas vuelven a su puesto. Un zumbido agudo, y esa tuerca está fijada. Un golpe seco, y esa curva queda lisa. Un chirrido, y esas dos piezas ahora son una.

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