Entró a la tienda y miró a su alrededor con cara de bobalicón, perdido, despistado. No era aficionado a ir de tiendas, y menos todavía a ir a tiendas de lencería femenina. Para su sorpresa no era el único hombre, aparentemente su idea de comprar un conjunto a su novia no era nada original. Pero el hecho de no ser el único varón en ese lugar inhóspito y desconocido para él, casi hostil, de algún modo le envalentonaba y tranquilizaba, reafirmándose en su objetivo.
Miles, millones de estanterías e hileras de ropa, con diferentes colores y formas, saturaban sus sentidos. Purpurina, flecos y látex, algunos de los modelitos que se mostraban eran de una textura y forma tan extraña que se preguntaba como un cuerpo humano podía encajar en semejante armatoste de ropa. Lo más fascinante era ver como las féminas clientes se movían con una agilidad sorprendente entre las diferentes filas de ropa. Cogían una pieza, una mirada rápida, y la descartaban arrufando la nariz rápidamente. Sin confusión, todo por instinto. Él, sin embargo, no tenía ni idea de lo que quería ni de lo que buscaba, y por consiguiente no tenía ni idea por dónde empezar a buscar. Era como un marciano que hubiese aterrizado en un nuestro planeta con hambre, sin saber si nuestra comida para él sería comestible
Y de repente le entro una epifanía. Iba en pos de un conjunto que realzase y embelleciese el cuerpo de su novia, pero era eso posible? Para él, su cuerpo era ya perfecto, digno de una estatua de Leonardo. Era un lienzo en blanco donde pintaba con sangre y sudor, su espalda una hoja en blanco donde dibujaba sonetos raros con su lengua, sus labios eran partituras vacías donde componer piezas atemporales. Que estaba haciendo, perdiendo el tiempo en ese laberinto? Al final, no importaba que pieza iba a comprarle, pues el seguiría adorando lo que había debajo.