7/2/2017

La rosa era lo más importante.

Fijó toda su atención en ella, esa espiral roja y exuberante. Las delicadas curvas que contorneaban los pétalos. Los huecos que separaban las diferentes hojas, como obstáculos. Suaves líneas que acababan formando esa flor color infierno resplandeciente.

Todos esos trazos representaban vidas, ideas, caminos y encrucijadas. La rosa acompasaba todos ellos, y culminaba en una oda infinita a la belleza. Era el mismísimo cosmos. Allí, delante de él, enredando con sus espinas los cabellos de la Diosa del Destino, lucía con autoridad.

Era algo más que eso. Era el nexo entre diferentes mundos, o dimensiones. Varios universos confluían en ese punto, manteniéndose unidos por haces invisibles. Como vigas aguantando el techo mismo de la Creación. La flor roja pasión era el pilar imprescindible que mantenía la estructura intacta, irguiéndose desafiante como una Torre Oscura en medio de un campo de rosas.

Miraba a la rosa, y ella le devolvía la mirada con canciones de cruzadas, de admirables reyes liderando ejércitos a la batalla, de audaces juglares cortejando a doncellas casadas, de susurros de amores secretos a escondidas, de envidiosos desahuciados cometiendo parricidio. Le hablaba de lugares lejanos e imposibles, de traiciones, homenajes, promesas cumplidas y celebraciones. Le contaba la Historia misma, y todo lo que valía la pena mantener.

Por eso y mucho más, era su deber protegerla. Aunque si todo eso no fuese cierto, y fuesen solo delirios de un viejo pistolero, igualmente daría su vida solo por mantener intacta, y pura, la belleza de esa rosa.

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