La polilla estaba sola. Todas sus amigas se habían ido. Una tras otra, echaron a volar y nunca más las volvió a ver. De acuerdo, eso había ocurrido hace sólo unas horas antes, pero para ella, un coleóptero de vida corta, eso era una eternidad. Se sentía sola y desvalida, abandonada por las que creía que eran sus amigas, y sin saber muy bien que hacer ahora.
Debía volar ella hacia la luz también? Siempre se decían entre ellas, cuando aún estaban juntas, que era una tradición estúpida. Una cosa tonta y sin sentido. Todas las polillas tenían que buscar una luz brillante en algún momento de su vida, y volar hacia ella sin detenerse. Nadie se planteaba exactamente cuál era el propósito de todo ello, simplemente se hacía y se asumía que era lo más adecuado, lo normal en el ciclo vital de ellas, las polillas. Se daba por hecho que era algo inevitable y natural, nada malo, a pesar de que ninguna polilla había vuelto para contar qué tal era eso de volar de frente hacia la luz.
Recordaba cómo se reían entre ellas, contando lo simples que eran el resto de polillas por seguir esa norma sin cuestionárselo. Bien seguras de sí mismas, juraban nunca sucumbir a la presión social, y permanecer siempre juntas a pesar de todo.
Pero eso duró hasta que vieron ESA luz. Era la más brillante que habían visto nunca. No paso mucho tiempo hasta que empezó a preguntarse cómo se sentiría dejarse envolver en esa blancura tan radiante. Tan caliente y suave… Pero apartaba esos pensamientos rápidamente, y miraba a sus compañeras para reafirmarse. Sin embargo, era evidente que todas estaban pasando por lo mismo. Los ánimos del grupo fueron apagándose, y cada vez eran menos las bromas y chascarrillos riéndose del resto de polillas.
Una tras otra, sus amigas fueron desapareciendo. No hacía falta decir donde iban, todas lo sabían. Una a una, todas sus compañeras sucumbieron a la tentación de la luz, faltándose su promesa de juventud y volando hacia la llamada desconocida.
Ella se mantendría firme. Les enseñaría al resto que no iba a dejarse doblegar así como así. Pero miro hacia arriba y allí estaba, esperándola. Esa luz tranquilizadora, llamándola efusivamente, cálida y limpia, como unas sábanas recién planchadas…
Dejó la mente en blanco, como la luz, cerró los ojos, y echó a volar.