La mano grande guiaba a la mano pequeña, con delicadeza, entre las teclas del piano.
‘Mira, ¿ves? Despacito, toca las teclas poco a poco. Esta nota se llama sol, ¿lo oyes? ésta es el la…’
La nieta levantó los brazos por encima de la cabeza y empezó a agitarse frenéticamente, con la energía interminable de los bebés. El abuelo se apresuró, raudo, a sujetarla lo mejor que pudo, pero no con demasiado éxito, y el golpetazo contra el instrumento se veía venir. Sin embargo, en el último instante, los brazos de la niña se movieron con indefinida soltura y empezaron a tocar las teclas del piano, sin detenerse apenas y con una firmeza y rapidez que parecía que lo hubiese varias otras veces.
Sol Do Mi, Sol Do Mi, Sol Do Mi, Sol Do Mi.
Una visión instantánea cruzó la mente del hombre que sujetaba en su regazo a la joven pianista. Se vio a él mismo, varias décadas atrás, en esa misma habitación, tocando el Claro de Luna de Beethoven en ese mismo piano. La memoria le azotó como un relámpago, y tan rápido como llegó, se fue.
La nieta paró de pronto de tocar, soltó una risotada, y empezó a aporrear el piano agitando los brazos como una posesa. Clonc! Clonc!
‘¡Para! ¡Para!’ El abuelo agarró a su nieta de los brazos, y la inmovilizó con suavidad.
¿Era posible? ¿Había su nieta tocado las primeras notas de Claro de Luna claramente, como si hubiese canalizado su memoria en sus benditas manitas? Lo había escuchado, ¿verdad? ¿Era mucho pensar que una canción y su interpretación, fuesen capaz de forjar un vínculo entre personas, más allá del tiempo y del espacio?
¿O estaba empezando a manifestar síntomas de demencia?
Fuese lo que fuese, la sonrisa inocente y bobalicona de su nieta no le daba ninguna respuesta. Pero le reconfortaba, y eso era suficiente.