5/21/2017

Huele a ropa ardiendo. La hoguera donde se queman nuestros ropajes sigue prendiendo débilmente, pero le queda poco para extinguirse. Hace ya rato que se fue la turba, y nos dejaron por fin solos en el árbol que ahora es nuestro hogar.

Veo los cuerpos de mis amigos y familiares balanceándose con parsimonia en las ramas, como un columpio vacío empujado por el viento. Las cuerdas que nos aguantan son duras, de buena fibra, aguantarán varios días a la intemperie antes de que se rompan, aunque para entonces supongo que personas de mayor calado moral que las que nos han dejado aquí, nos bajen y nos lleven a otro lugar. Con algo de suerte algún tipo de amuleto adornara nuestra último morada.

Mi cuerpo es el del medio de la rama más larga. Entre mis dos hermanos, que, igual que yo, corrieron la suerte de estar en ese momento en ese lugar. Por qué nos pasó exactamente? La verdad, no puedo recordarlo. No tengo claro si fue por nuestro color de piel o por pensar diferente que el resto, pero si sé seguro que no me dejaron explicarme, la sentencia fue rápida y unánime.

Noto como todo se desvanece, y el tiempo nos borra de la faz de la tierra. El árbol seguirá impertérrito, pero, con suerte, un escalofrío hará recordar al furtivo transeúnte.

Leave a comment